Correa está perdiendo su fuerza en Ecuador (Maimi Herald)
Por: Glenn Garvin
Rafael Correa podría estar arruinando la economía de su país, estrangulando a los medios de comunicación y desafiando a sus fuerzas armadas a derrocarlo en un golpe de estado; pero desde luego no ha perdido su sentido del humor -a pesar de que una gran cantidad de personas desearía que lo tenga.- El año pasado, cuando un político panameño escribió en Twitter que Correa era un fascista, el presidente de inmediato retuiteó una ocurrencia desde su personal punto de vista: “¡Heil Hitler!”
Es difícil imaginar a otro jefe de estado dirigiendo aquellos tuits a sus 2,6 millones de seguidores. (Bueno, tal vez Mussolini, aunque eso no terminó bien). Pero en aquel entonces, era poco probable que Correa esté en el poder por más tiempo.
Los votantes de América del Sur, cansados, después de una década o más de calamidad económica a manos de regímenes populistas de izquierda, han tumbado a sus gobernantes como fichas de dominó en los últimos meses.
Lo más impresionante del caso: la oposición venezolana ha superado todo tipo de argucias oficialistas para poner la Asamblea Nacional bajo el control de un partido de centro-derecha que podría expulsar al homófobo populista Nicolás Maduro.
En Bolivia, los votantes rechazaron que el izquierdista-plagado-de-
Y la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff -lo único que se necesita saber acerca de su política y débil control sobre la cordura es que su campaña presidencial fue respaldada por el demente teórico de la conspiración Oliver Stone- se tambalea al borde de la destitución debido a un escándalo en la empresa petrolera estatal, que involucra botellas de vino de $ 3.000, relojes Rolex y prostitutas, no necesariamente en ese orden.
Correa podría ser el próximo. Su capacidad para hacer de Papá Noel con puestos en el gobierno y otros patrocinios (entre 2007 y 2015, la administración de Correa gastó el dinero equivalente al total que el gobierno ecuatoriano tuvo en los 30 años anteriores) ha sido destruida por la caída en los precios del petróleo, que financia el 40 por ciento del presupuesto estatal.
Sin todos los regalos, el tercer mandato presidencial de Correa se ha vuelto feo. El Banco Mundial predice que la economía del Ecuador se contraerá un 2 por ciento este año, y la popularidad de Correa disminuye aún más rápido. La empresa de investigación (CQ) Market indica que su índice de aprobación ha caído al 31 por ciento, y sólo el 28 por ciento de los encuestados cree lo que él dice.
Esa brecha del 3 por ciento representa al parecer, a los ecuatorianos que detestan las políticas de Correa, pero creen que este ofrece un sólido valor de entretenimiento. Junto a su tuit que evoca el musical “springtime for Hitler”, también está el desafío a una pelea a puñetazos, la misma que emitió en la televisión el año pasado en respuesta al cuestionamiento de un congresista sobre el verdadero valor de un proyecto del gobierno.
“Podemos resolver esto de la misma forma en que lo hacíamos en mi antiguo barrio, si él tiene un problema conmigo, este mentiroso demente, este puerco”, declaró Correa en televisión. Andrés Páez, el congresista, replicó que él estaría dispuesto a irse al piso con Correa si “promete no traer sus 300 guardaespaldas”. Y, agregó Páez: “espero que no me rasguñe o me golpee con su cartera”. (Es evidente que Donald Trump es un gran conocedor de la política ecuatoriana.)
Más preocupante aún: la posibilidad de que el ejército salga de los cuarteles. Correa ha estado jugando con, y en algunos casos demorando, el pago de las pensiones militares. Cuando los generales se quejaron hace unas semanas, despidió a todo el alto comando.





