El psicólogo que ofrece consultas en la buseta

Ãl es psicólogo. Obtuvo ese título a los 24 años y de allí su carrera solo era de éxito. Once libros publicados, diversos e importantes cargos en el área de la educación, como la dirección de posgrado de la Universidad de Carabobo y seis apartamentos que le permitían vivir cómodamente. Hasta hace unos años Miguel Acosta era un adulto mayor que creía que después de cuatro décadas como catedrático no volvería a trabajar en su vida. Sin embargo, se equivocó. Ahora es un migrante venezolano que vende galletas. En su mejor época ganaba $ 5.000 mensuales, pero la crisis del vecino país provocó no solo que pierda 20 kilos de peso, sino también que su jubilación no pase de $ 7 al mes.
Curiosamente esa era la misma cantidad que ganaba en Ecuador en un solo día. Pero esta cifra aumentó poco a poco desde el día que se colocó un letrero en el pecho en el que ofertaba sus servicios de psicólogo a cambio de un interesante valor: $ 6 + bus.
Pero esta historia inicia antes, tal vez aquel día en que abrumado por el hambre decidió emigrar. Reunió los $ 125 por persona que costaba el pasaje y tras varios días de incómodo viaje en carro llegó a Guayaquil con su esposa y su hija de seis años, dejando a los otros en Venezuela.
Confiado en que su amplia experiencia iba a ser de utilidad acudió a autoridades universitarias. Después de todo, durante la crisis ecuatoriana ayudó a varios de nuestros compatriotas que viajaron hasta Venezuela a encontrar trabajo en las universidades de aquel país. Pero seiscientos currículums imprimió y entregó, sin que una llamada siquiera pidiendo una entrevista llegase. Fue un colega quien le explicó la razón. Según él, había llegado al país muy avanzado de edad.
El mismo día me fui a Bahía. Hice como los ratoncitos y dije se acabó el queso aquí, entonces para allá. Me compré una bolsa de 20 galleticas y las vendí todas en el primer bus.
Sin embargo, la idea de la consulta psicológica sobre ruedas comenzó después, específicamente hace mes y medio. Atreverse a hacerlo le significó el rechazo de muchos compañeros que lo señalaban por putear a la profesión, pero la necesidad de alimentar a su familia fue más fuerte.
Los buses que toma no los escoge al azar, pues incluso ha evaluado los horarios y las líneas que le son más rentables. Después de un estudio vivencial y sin recursos concluyó que son ocho las líneas que le son útiles. A cada transporte que se sube le paga 15 centavos. Sabe que sin ese pago es difícil que la próxima vez el chofer le pare. Además, lo hace para evitar que por la velocidad del conductor al salir se caiga. Cuatro veces le ha pasado ya.
Su exposición frente a los pasajeros tampoco es improvisada. Y es que además de las galletas, brinda una charla sobre diversos problemas. Las temáticas son preparadas con anterioridad; por ejemplo, ayer habló de la depresión y el lunes tratará sobre la droga H.
En ellas aconseja a los usuarios sobre lo importante de escuchar y amar a los hijos. La charla continúa mientras una señora, la que está sentada en el último asiento, toma la iniciativa. A pesar de que un pequeño bolso cruzado obstaculiza su movimiento, abraza a su hijo y le dice Aunque no te gusten los besos, yo te quiero. El pequeño de ojos color miel intenta zafarse, pero la madre insiste. Luego de dos intentos, él cede y responde con un Te quiero, mamá.
Aunque Miguel Acosta viste con sencillas camisetas y zapatos deportivos, su gran sabiduría se nota en cada charla. Las acompaña de cifras como el número demigrantes ecuatorianos o los destinos que tomaron.
También evoca momentos o frases de la historia, como fragmentos de las cartas de amor que intercambiaba el libertador venezolano Simón Bolívar con la ecuatoriana Manuelita Sáenz, para demostrar los lazos que ambas naciones han mantenido.
Terminados los 15 minutos que dura en promedio cada una de sus charlas, entrega las galletas. La frase Deje nomás acompañada de una moneda es la escena que más se repite.
Y antes de bajarse del bus promociona sus servicios. Algunos, con recelo, anotan el número en alguna libreta; mientras que otros pierden la vergüenza y le toman una foto a su letrero. Se baja, camina hasta la parada de retorno, busca los 15 centavos y la rutina se repite.
Al final del día y de alguna consulta que consiguió, este venezolano guarda en su maleta el dinero obtenido junto a la esperanza de reunir lo suficiente para que el resto de sus hijos puedan venir a Ecuador. (I)
Fuente: http://www.expreso.ec/guayaquil/el-psicologo-que-ofrece-consultas-en-la-buseta-ED2173035





